La emergencia climática no solo calienta el planeta, también pone en riesgo la vida de los más vulnerables: bebés, embarazadas y madres lactantes. En este contexto, la lactancia materna se convierte en un escudo silencioso pero poderoso: alimento seguro, completo y disponible siempre, sin depender de agua, energía o transporte, lo que la hace vital en situaciones de sequías, inundaciones o desplazamientos forzados. Investigaciones muestran que los eventos extremos dificultan el acceso a fórmulas, agua potable y servicios sanitarios, aumentando el riesgo de desnutrición e infecciones. Amamantar, además de proteger la salud infantil, tiene un impacto ambiental mínimo, convirtiéndose en una estrategia de resiliencia climática y sostenibilidad. Por eso, fomentar la lactancia y crear entornos que la respalden antes, durante y después de emergencias debe ser una prioridad.

Pero no basta con decir “amamanten”: se necesitan políticas públicas reales y efectivas. Esto incluye atención sanitaria inmediata en el puerperio para asegurar un apego inicial seguro, adaptar el mercado laboral con tiempos y condiciones que permitan continuar la lactancia —las 16 semanas actuales son insuficientes frente a las recomendaciones internacionales—, y fortalecer grupos de apoyo comunitarios que acompañen a las madres. Integrar estas medidas junto con estrategias de resiliencia climática permite que la lactancia no solo cuide la salud de los bebés, sino que también se convierta en un instrumento de justicia social y sostenibilidad ambiental, haciendo que cada gota de leche cuente frente al cambio climático.

Extracto del estudio presentado en el Congreso IHAN 2026, Sevilla